Introducción

La oración, consecuencia lógica del ser creyente

Todo creyente, lo es en la medida en que se encuentra un día con Dios. Este encuentro, le exige una respuesta de fe.

Este encuentro con Dios se establecerá de formas muy diferentes, dependiendo del temperamento de la persona y de las circunstancias de su vida. Para algunos, el encuentro con el Señor supondrá un cambio radical, una conversión a Cristo, fue el caso de Pablo, de perseguidor de los cristianos pasó a ser el gran apóstol de los gentiles. Para otros, la mayoría de nosotros, el encuentro con el Señor, se realizará en lo cotidiano: la lectura de un libro, una celebración, la invitación a un grupo de jóvenes, etc. Pero en ambos casos, el resultado es el mismo, hay una respuesta de fe y de amor, que cambia mi vida. Me decido a establecer una relación con Cristo, de forma adulta, ya no será por rutina o porque desde pequeño me bautizaron. Me fío de Aquél que me presenta un modo diferente de vida y me dispongo a seguirle.

Esta relación personal implica unos momentos especiales, concretos, determinados, para establecer un diálogo con el Amigo, esto es lo que llamamos oración. Necesitamos un tiempo para expresar nuestro amor, nuestra fe a quién tanto nos ama.

• Si creo que Dios es Padre, dedicaré tiempo para establecer una relación filial con Él, para conocerle, para decirle que soy su hijo, que me pongo en sus manos, que espero todo de Él.

• Si creo que Jesús es mi amigo, que se hizo hombre, hermano nuestro, para salvarnos y llevarnos hacia el Padre, tomaré tiempo para pedirle perdón de mis faltas, para darle gracias, para escuchar sus palabras, conocerle y poderme parecer más a Él.

• Si creo en el Espíritu Santo, me pondré en actitud de disponibilidad, estaré abierto a su acción transformadora.

Todas estas actitudes son oración. El creyente está llamado a una vida como orante, podríamos decir que la oración se confunde con la vida espiritual. El ejercicio más importante de la vida espiritual es la oración. Sin la oración, la vida espiritual se va empobreciendo, la relación con Dios se va enfriando.

El ser humano, en su interior, siempre resuenan las palabras del Gn 1,27 «a imagen de Dios los creó». Es un buscador de la Trascendencia, no descansa hasta encontrarse con su Creador, aunque sea de forma inconsciente. Pero si el hombre busca a Dios, mucho más busca Dios al hombre. Dios nos busca siempre, nos espera siempre, nos llama siempre, (Ap 3, 20) «estoy a la puerta llamando: si alguien me oye y me abre entraré y comeremos juntos».

La oración será este abrir la puerta a Jesús y compartir nuestra mesa, nuestras penas, nuestras alegrías, nuestra vida con Él.

Experimentar a Dios en una relación amorosa

La persona está siempre necesitada de amor, si no experimenta que es amada y que es capaz de amar, no se desarrollará como persona. En la oración, experimentamos el Amor de Dios, entramos en la misma fuente del Amor, la Trinidad; Padre, Hijo, Espíritu Santo y este amor recibido nos empuja a darnos a nuestros hermanos.

Hemos dicho que la oración es una relación personal y como toda relación entre personas, se establece por medio del amor.

La oración es diálogo de amor, de amistad. La oración es encuentro entre dos amores, el amor de Dios, que está siempre el primero y nuestro pobre amor. Aunque expresemos la oración en clave de amor, es una relación que implica toda la persona, la relación se establece entre mi ser y el ser infinito de Dios. Cuando oramos, Dios se convierte en Alguien para nosotros, en un Ser concreto con el que establezco una relación concreta.

Dios es Amor  (1 Jn 4, 8) todo su ser es Amor, Amor infinito que por su propia naturaleza es difusivo. Dios quiere derramar su amor sobre nosotros, viene a nuestro encuentro para darse. Nuestro amor procede de Dios, es don recibido. Por la oración hay comunicación entre nuestro amor y el amor de Dios que va creciendo en nosotros y transformándonos.

Podríamos decir, que la oración es a la vez, medio y fin. Medio porque es el camino para ir conociendo más a Dios y conocernos a nosotros mismos, para ir conformando nuestra voluntad con la suya, para descubrir nuestra vocación como personas humanas. Decimos que es ya fin porque en sí, es ya acto de amor, de encuentro con Dios.

Todos somos capaces de hacer oración.

A veces, no se acepta bien la oración como algo fundamental de todo cristiano. Parece algo reservado a curas y monjas, y poco más. Asusta, sobre todo en ambientes juveniles. Los jóvenes parecen más dispuestos a todo tipo de acciones por el Reino que a hacer oración. Puede ocurrir que parezca difícil y que no se sepa cómo empezar.

Por eso, es conveniente educar a la espiritualidad, dar a conocer que todos estamos hechos para ello, que poseemos todo lo necesario para hacer oración: «el Espíritu Santo nos ha sido dado».

En el evangelio de San Juan 14, 23 «si alguien me ama, cumplirá mi palabra, mi Padre le amará, vendremos a él y habitaremos en él», estas palabras de Jesús nos afirman que ¡Jesús y el Padre establecen su morada en nosotros! ¡ Viven dentro de nosotros!. Luego, no será tan difícil establecer una relación, con quién está en nuestro interior.

San Pablo, en la Carta a los Romanos, nos dice que el Espíritu Santo habita en nosotros, somos templos del Espíritu.

Por el Bautismo, recibimos la gracia bautismal, que es la vida de Dios en nosotros. Esta gracia nos hace hijos de Dios y nos permite establecer una relación filial con nuestro Padre. Por la gracia, recibimos la fe, esperanza y caridad que nos permiten entrar en contacto con Dios. Para avanzar en la vida espiritual se necesita ejercitar estas virtudes de fe, esperanza y caridad. En la oración, hago un acto de fe, confiando en Aquel a quien me dirijo; hago un acto de esperanza porque espero que Él venga y me escuche; hago un acto de amor porque me siento amado y respondo.

Tenemos todo lo necesario para poder hacer oración: Somos morada de Dios, el Espíritu nos habita, poseemos la vida de la gracia, de igual naturaleza que Dios, que nos permite mediante un acto de fe movido por el amor y la esperanza, entrar en relación con Dios, Padre; Hijo y Espíritu Santo.

¿Por qué orar?

a) La oración se arraiga en el ser persona.

La oración es inherente al ser persona. Ya hemos dicho anteriormente que toda persona necesita esa relación de amor. La persona está abierta a la relación, necesita relacionarse, con los otros, con el mundo, pero también con ese Otro trascendente. El hombre es un ser religioso, está siempre cuestionándose su principio existencial y hay algo que le «religa» a un ser superior. El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre y nuestro ser espiritual no alcanza su plenitud sino se abre a la trascendencia. Somos creados por Dios, venimos de Dios y hacia Él vamos. Estamos hechos para Él, la verdadera vida, la plena realización es la unión con Dios. Por medio de la oración, empezamos a vivir esta vida de unión a Dios, entramos en comunión con Él y participamos de su actividad. En la oración, comenzamos ya la vida de participación con Dios a la que estamos llamados.

En la oración alcanzamos nuestra verdad como personas, es el acto humano por excelencia, ya que nuestra plenitud es la unión con Dios.

b) Todo grupo cristiano necesita orar.

El educar o iniciar en la oración por parte de la comunidad cristiana de nuestro tiempo es una necesidad, que surge de su misma identidad. Un grupo eclesial sin referencias a una experiencia real de oración no puede sentirse dentro de la comunión de la Iglesia de Jesucristo. Aunque parezca fuerte esta afirmación, la realizamos porque estamos convencidos de que si un grupo de nuestra parroquia o de nuestro entorno eclesial, sin una iniciación y profundización real a la oración, se queda anclado en una serie de actividades o de reflexiones que tarde o temprano llevan a su empobrecimiento.

c) Nuestro mundo necesita de la oración.

El mundo actual está sufriendo un proceso progresivo de materialización. Los valores dominantes son los de la rentabilidad, competencia, dinero, etc. Sería necesario contrarrestar con valores espirituales, trascendentales. La oración ayuda a distinguir los valores verdaderos, a descubrir lo auténtico, a relativizar lo que no es absoluto. Nos ayuda a ver el mundo, las cosas, con la mirada de Dios.

El orante se sitúa al nivel verdadero de los acontecimientos. En un mundo egoísta, la oración nos compromete, nos hace más solidarios. Nos unimos a la oración de todos los hombres, los tenemos presentes ante Dios. La oración nos obliga a salir de nosotros mismos para entregarnos a los demás. No podemos dirigirnos a Dios, llamándole Padre y olvidar a los hermanos.

En la oración encontramos la voluntad de Dios sobre nosotros y entramos en su Plan de salvación sobre la Humanidad, nos hacemos constructores del Reino de Dios.

El orante suele ser un gran activo, pues su amor va creciendo y necesita darlo.

d) Oramos porque Jesús oró.

Para comprender mejor la oración necesitamos mirar a Jesús. En los evangelios vemos la importancia de la oración en su vida y en sus enseñanzas. Jesús nos muestra el camino de la oración, de esa relación filial, de total confianza y amor, que le hace exclamar «¡Abba, Padre!». Los discípulos se dieron cuenta de que la oración era muy importante para seguir a Cristo, por eso le pidieron: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1).

Nosotros, oramos, porque Jesús, el Maestro,  oró.

Share
line
footer
© 2010 · Red Joven - C/Avellanas, 12 · 46003 - Valencia email
Sitio web desarrollado por Dirección Multimedia - UCAM